Aparato, Órgano o Sistema: Sistema Inmunológico y Sangre
Enfermedad: Debilidad del Sistema Inmunológico
La medicina convencional combate la enfermedad directamente por medio de medicamentos, cirugía, radiación y otra clase de terapias. Sin embargo, podemos gozar de buena salud únicamente conservando saludable nuestro sistema inmunológico para que funcione de manera adecuada. El sistema inmunológico es responsable tanto de combatir los microorganismos que causan las enfermedades como de manejar el proceso de curación. Este sistema es la clave para combatir todas las agresiones que sufre nuestro organismo, desde la pequeña cortadura al afeitarnos hasta la multitud de virus que, al parecer, hay en estos días. Incluso el proceso de envejecimiento podría relacionarse más con el funcionamiento del sistema inmunológico que con el paso del tiempo.
El debilitamiento del sistema inmunológico se traduce en mayor susceptibilidad a prácticamente cualquier clase de enfermedad. Entre las señales de que la función inmunológica está alterada se cuentan fatiga, desgano, infecciones frecuentes, inflamación, reacciones alérgicas, cicatrización lenta de las heridas, diarrea crónica e infecciones que demuestran que algún microorganismo normal del cuerpo está proliferando, como, candidiasis sistémica o infección vaginal por hongos. Algunos cálculos indican que los adultos sanos de nuestra sociedad presentan, en promedio, dos resfriados al año. Las personas que contraen un número significativamente más alto de resfriados y enfermedades infecciosas posiblemente tienen algún problema inmunológico. Entender algunos aspectos básicos del sistema inmunológico y su funcionamiento, así como también el papel que desempeña en nuestra salud, nos permite asumir la responsabilidad de nuestra propia salud.
En términos sencillos, la tarea de sistema inmunológico consiste en identificar las cosas que son “propias” (es decir, que de manera natural le pertenecen al organismo) y las que son “ajenas” (es decir, todo lo que es extraño o peligroso) y luego neutralizar o destruir lo que es ajeno al organismo. El sistema inmunológico se diferencia de los demás sistemas del organismo en que no es un grupo de estructuras físicas, sino un sistema de interacciones complejas que involucra muchos y diferentes órganos, estructuras y sustancias, entre ellas los glóbulos blancos de la sangre, la médula ósea, los vasos y órganos linfáticos, las células especializadas de varios tejidos corporales, y las sustancias especializadas presente s en la sangre, llamadas factores séricos. Lo ideal es que todos esos componentes trabajen juntos para proteger el organismo contra las infecciones y las enfermedades.
El sistema inmunológico humano es funcional en el momento del nacimiento, pero aún no se desempeña bien. Esto se debe, en gran parte, a que la inmunidad se desarrolla a medida que el sistema madura y que el organismo aprende a defenderse contra diversos invasores, llamados antígenos. El sistema inmunológico tiene la capacidad de identificar y recordar antígenos específicos con los cuales ha estado en contacto, y lo hace a través de dos mecanismos fundamentales: inmunidad mediada por células e inmunidad humoral.
En la inmunidad mediada por células, los glóbulos blancos llamados linfocitos T identifican y luego destruyen células cancerosas, virus y microorganismos como bacterias y hongos. Los linfocitos T, o células T, maduran en la glándula timo (de ahí la letra T). En esa glándula aprenden a distinguir lo que es “propio” y, por tanto, lo que deben tolerar, de lo que es “ajeno” y, en consecuencia, lo que deben destruir. El timo, pequeña glándula ubicada detrás del esternón, es una de las principales glándulas del sistema inmunológico. En el timo, todas las células T se programan para identificar clases particulares de invasores enemigos. Pero el timo no convierte en células T absolutamente a todas las que podrían llegar a serlo. Aquellas cuya programación es imperfecta (por ejemplo, las que se equivocan y toman como “propio” lo que es “ajeno”) son eliminadas. Las que tienen éxito son liberadas en el torrente sanguíneo para buscar y destruir antígenos que correspondan a su programación. En parte, esas células atacan a los antígenos mediante la secreción de citoquinas, una clase de proteínas. El interferón es una de las citoquinas más conocidas.
La inmunidad humoral implica la producción de anticuerpos. Los anticuerpos no son células sino proteínas especiales cuya estructura química encaja en la superficie de antígenos específicos. Cuando encuentran sus antígenos específicos, los anticuerpos les causan daño a las células invasoras o alertan a los glóbulos blancos para que las ataquen. Los anticuerpos son producidos por otro grupo de glóbulos blancos, los linfocitos B, que son fabricados por la médula ósea, donde también maduran. Cuando un linfocito B encuentra un antígeno particular, crea un anticuerpo para combatirlo y guarda una copia de ese anticuerpo para poder reproducirlo en caso de que se vea expuesto al mismo antígeno en el futuro. Para que esto funcione es necesario que todas las células B tengan la capacidad de producir una cantidad casi infinita de anticuerpos distintos para atacar cualquier antígeno que encuentren. Esto es posible gracias a un mecanismo conocido como “genes saltarines”. Dentro de las células B, los genes que definen la estructura química de la proteína que se va a producir se barajan y se mezclan en una cantidad astronómica de combinaciones distintas.
En consecuencia, cualquier célula B puede producir una molécula de anticuerpo para combatir prácticamente a cualquier invasor. El fenómeno de la inmunidad humoral es lo que hace posible la inmunización.
Por el papel crucial que desempeñan en todos los aspectos de la inmunidad, tanto mediada por células como humoral, los glóbulos blancos de la sangre son considerados la primera línea defensiva del organismo. Los glóbulos blancos son más grandes que los glóbulos rojos. Además, se pueden mover independientemente en el torrente sanguíneo y pueden atravesar las paredes celulares. Esto les permite movilizarse rápidamente hasta el lugar de la lesión o de la infección.
Los glóbulos blancos tienen varias categorías y a cada una le corresponde una función específica. Entre ellas están:
Otro importante componente de la inmunidad es el sistema linfático. Este sistema está constituido por órganos (entre ellos el bazo, el timo, las amígdalas y los nódulos linfáticos) y por fluido, llamado linfa, que circula por los vasos linfáticos y baña las células del organismo. El sistema linfático realiza una especie de labor de limpieza continua a nivel celular. El sistema linfático drena el fluido de los espacios intercelulares llevándose los productos de desecho y las toxinas de los tejidos. Antes de regresar a la circulación venosa, la linfa fluye por los nódulos linfáticos, donde los macrófagos filtran el material indeseable.
A pesar de lo maravilloso que es, el sistema inmunológico solo puede funcionar correctamente cuando se le prodiga la atención que requiere. Esto significa proporcionarle los nutrientes y el medio adecuados, y evitar todo lo que tienda a debilitar la inmunidad. Muchos elementos del medio ambiente en que vivimos comprometen la capacidad defensiva de nuestro sistema inmunológico. Los productos químicos para la limpieza del hogar, el uso exagerado de antibióticos y otros medicamentos, los antibióticos, pesticidas y aditivos de los alimentos que consumimos, y la exposición a contaminantes ambientales son factores que le imponen grandes exigencias al sistema inmunológico. Otro factor que afecta adversamente al sistema inmunológico es el estrés. El estrés desencadena una serie de reacciones bioquímicas que, al fin y al cabo, suprimen la actividad normal de los glóbulos blancos, le exigen demasiado esfuerzo al sistema endocrino y terminan por agotar las reservas de valiosos nutrientes del organismo. Todo esto altera la capacidad curativa del organismo y le resta capacidad defensiva contra las infecciones.
Una adecuada función inmunológica es un complejo acto de equilibrio. Aunque una inmunidad deficiente nos predispone a contraer enfermedades infecciosas de toda clase, también es posible enfermarse cuando la respuesta inmunológica es demasiado fuete o va dirigida a un objetivo inapropiado. Distintas enfermedades se relacionan con una actividad inadecuada del sistema inmunológico, entre ellas alergias, lupus, anemia perniciosa, enfermedad cardiaca reumática, artritis reumatoidea y, posiblemente, diabetes. Por tanto, se conocen como enfermedades autoinmunes, es decir, enfermedades en las cuales el organismo se ataca a sí mismo.
A pesar de que es mucho lo que se sabe acerca del funcionamiento del sistema inmunológico, es más lo que queda por aprender. Hace menos de quince años médicos e investigadores empezaron a estudiar y a dilucidar muchas facetas de este complejo sistema. Hoy en día, la inmunología (el estudio del sistema inmunológico) es una de las ramas de la medicina que están avanzando más rápidamente.
El propósito del siguiente programa de suplementos es fortalecer el sistema inmunológico alterado por enfermedad, estrés, mala nutrición, hábitos inadecuados, quimioterapia, o por la combinación de uno o más de estos factores.